Caretas

Pro-covid o anti-covid (unrelated)

Caretas
En alguna parte de Varsovia

Dentro de todo, y a pesar de mi reacción inicial de agonía y sufrimiento, ya me sentía mejor. Sentía cómo poco a poco lograba acostumbrarme a la situación, a perder a lo largo del camino la culpa que recala en mí siempre que algo no funciona, tenga yo influencia directa, indirecta o nula sobre esta. Es una culpa inútil, indigestible, frustrante por el hecho de reconocer que no tiene sentido cargar con ella. Pero, y aunque podría seguir coleccionando adjetivos, creo que, sobre todas las cosas, es una culpa necia. Es necia porque no podés sacártela de la cabeza, te inmoviliza y te desmoraliza. Te jode a tal punto de interferir con los demás sentimientos y pensamientos, y esa pesadumbre incide en las relaciones con los demás.

Yo pensaba que ya la había superado; no es como que haya un tiempo determinado ni un hecho que te haga saberlo, pues tiene más que ver con una sensación de difícil descripción. Ni por toda la plata del mundo te podría decir cuándo se puede superar a alguien que ya no está en tu vida, pero para cuando eso sucedió, yo te hubiera apostado todo lo que tengo a que ya no pensaba en ella. Sé que, en retrospectiva, fue más autoengaño que otra cosa; sabía que me iba a costar demasiado olvidarla, sabía que, hasta cierto punto, nunca iba a dejar de pensar en ella, y que, cada día, una pequeña parte de lo que vivimos se iba a pasear por mi memoria, por tan insignificante que fuera lo que me hiciera recordarla.

La memoria es una traicionera compañera de viaje. Siempre aparece en los momentos de mayor debilidad, provocando ráfagas de emociones pasadas reconstruidas a su placer, dejándome totalmente incapaz de protegerme ante semejantes torbellinos. Existe siempre una peligrosa dualidad en esos recuerdos: siempre son buenos los que resurgen en mi mente, pero los dolorosos cuesta reconstruirlos, y por eso cada vez siento que exhausto más y más opciones antes de lograr reaccionar. Si no lo hago y solo acepto las buenas memorias, siento cómo me aíslo progresivamente, sin oportunidad alguna de regresar, irrestrictamente de qué tanto hubiera logrado mejorar.

Ese trabajo de “superar” a las personas será siempre un ejercicio diario, frágil, desesperante, y lleno de reveses. Probablemente nunca logre superar a nadie por completo. Al menos estoy consciente de eso, y no voy a seguir culpándome por ser así. Sin embargo, existe un cierto nivel, probablemente conocido solo esotéricamente, en el cual ya me siento lo suficientemente bien como para no invertir más fuerzas en ello. Eso también lo sé. Al menos en teoría. De cualquier forma, a ese nivel se llega de manera subconsciente, no es algo verdaderamente perceptible de alguna manera significativa hasta el momento que llega. A veces creés que estás listo, que ya esas lágrimas quedaron en el pasado, que esa ansiedad generada por no poder comunicarte con esa persona llegó a su final.

Aquel día, cuando nos vimos después de tanto tiempo, fue un total accidente. Yo no tenía planeado salir del todo, porque ya el día anterior había hecho mis compras y casi no me quedaba dinero. Cuando fui a revisar la alacena para empezar a hacer el almuerzo, se fue la luz de mi casa. Revisé entonces las noticias de la compañía de electricidad, y había olvidado que iba a haber un corte en todo mi barrio por el resto del día, así que salí a comprar mi almuerzo en algún lado. No sabía ni siquiera qué quería comer, simplemente caminaba con las manos en los bolsillos, completamente despreocupado. En eso, noto que me estoy acercando a la parada de buses donde siempre te despedía, donde siempre te desaparecías, y donde dejé de verte, ostensiblemente para siempre. Mientras esas ideas llegaban como rayos en mi mente, observé tu rostro tan familiar… Duré un par de segundos en convencerme de que era ella, pues me sentía desprotegido por completo, y cuando quise desviar la mirada para buscar una salida (mi instinto fue devolverme antes de que ella me viera), ya ella me había cazado con su mirada. No tenía escapatoria: era ignorarla completamente, o aguantar el creciente malestar que sentía y saludarla. Opté por lo segundo.

Hablamos lo que me pareció una eternidad, pero fueron en realidad unos dos o tres minutos, mientras su bus atiborrado llegaba para llenarse aún más. Era un mediodía ventoso, oscuro, pero sin amenaza verdadera de lluvia. Se sentía como domingo, definitivamente. Me preguntó por mis papás, y yo reciproqué. Me preguntó por mis hermanos, e hice lo mismo. Me preguntó por mí, y acerté a darle mi respuesta estándar, que estaba bien, que todo estaba tranquilo, que no había nada nuevo. Le pregunté sobre ella, y me dijo que estaba bien, que todo estaba tranquilo, y que no había nada nuevo. Le tiré un “¿vas para tu casa?”, y ella me rebotó un “sí, voy de regreso”. Pensé en decirle que almorzara conmigo, que si estaba ocupada, que si tenía algo que hacer en aquella tarde, que si, que si, que si, que si, pero nada más le respondí con un patentado “ah, bueno”.

En eso, su bus se detuvo, y ella puso sus manos sobre las mías, me ofreció un “qué bueno verte de nuevo” y un “ojalá te vaya muy bien” entre sus sonrientes labios, y me dio la espalda para irse. No atiné en responder, y simplemente vi cómo, entre la marea de desconocidos, ella tambaleaba para atravesarla, y vi cómo partía el bus, de nuevo, probablemente por última vez. Fue un gancho directo y fulminante en mi ya destartalado orgullo. ¿Qué más podía hacer? Ella no habría visto en mis ojos todo el tiempo que he pensado en ella, pues es demasiado inteligente como para malgastar su tiempo en identificar esas pequeñeces, o en recordar, o en añorar.

Por supuesto que, si me hubieran preguntado sobre qué haría en ese escenario antes de que hubiera sucedido, yo habría respondido que la saludaría y que no tendría problema en hablarle. Por supuesto que estaba equivocado. Es posible que nunca pueda librarme de este sentimiento. ¿Quiero librarme de ese sentimiento? No sé qué tanto debería estar sufriendo por esto. Ella se ve tan feliz, se ve tan sin mí… Regreso a casa cabizbajo, como si a mi equipo lo acabaran de golear (lo cual tampoco sería sorpresa). Ya en mi casa puedo quitarme el disfraz, puedo deshacerme de una de las tantas máscaras que debo ponerme a diario para sobrevivir. Aunque por dentro lloro, al menos ya puedo dejar de pretender, al menos por unas horas más. Al menos hasta que alguien me envíe un mensaje, y deba responder otro “bien y vos” más.