Carta al lector

¿Dónde venden estampillas?

Carta al lector

Ahora y de nuevo, lo volví a hacer. No resistí las ganas, y no puedo seguir perdonándome de manera tan automática. Sigo perdido en medio de cantos de sirena, pero nadie está cantando. Soy yo quien pongo la música; soy yo quien me hace daño. No quiero que me hablés más, pero yo no quiero dejar de hablarte. No me mandés más mensajes, pero quiero que sepas que mi número nunca va a cambiar. No te lo sabés, ¿y por qué habrías de sabértelo? Soy yo quien te llama.

Tantas veces subí esa colina, corrí a ver tu luz, tan sólo para estar en el mismo lugar, al mismo tiempo, para que tuvieras que reconocer mi existencia. 

No sé, estoy tal vez buscando en el lugar equivocado. Mientras te veo a los ojos, mientras siento mi corazón corriendo unos 100 metros planos, ya a vos se te ha olvidado todo. Ya vos estás en el podio… por que sí, estamos jugando el mismo deporte. Es verte correr esta misma maratón, la misma carrera de obstáculos, pero en otra ciudad, en otro estadio. Me enseñaste a sufrir como vos, y yo te enseñé a sufrir como yo, pero no podemos sufrir juntos. No sabemos cómo. No sabés cómo. 

Mentiría, y descaradamente, si te digo que somos iguales. Vos pensás que somos más parecidos de lo que realmente somos porque querés parecerte a mí. Creo que es tu inconsciente intentando alejarme, o, al menos, de hacerme pensar dos veces. Me quedo callado. Me mudo de ciudad. Le quito las notificaciones a mi teléfono, pero ya te lo dije, me podes llamar cuando querás, pero no quiero que lo hagás. Te escribo, y ahí estás, como todos los días. ¿Por qué te hice esto a vos, de todas las personas? Te hice difícil de encontrar solo porque… Ahora que lo pienso, ya ni me acuerdo del porqué. La verdad no importa mucho. Ignorá todo esto, porque igual se te va a olvidar. Ves, que no somos iguales. A mí no se me olvida, porque sólo te conozco a vos.

Quiero reposar sobre tu voz, mientras me escondo con tu cabello del resto del mundo por tanta vergüenza que siento. Quiero que me usés de escudo, estar entre tus brazos y calmar tus sollozos. Quiero poder entregarme a vos como si me desvaneciera de repente. Vos querés lo mismo, pero no de mí. Estamos caminando a través del mismo desierto, contemplando las dunas infinitas del pensamiento, del deseo, del desencanto y de la frustración. Entre dos se surfean fácilmente. Entre dos. Yo puedo ver la tormenta en el horizonte; la puedo sentir con mis huesos, y me va a arrollar. No te va a tocar a vos, pero tampoco vas a llegar al oasis. Sueño en el día en el cual, atravesando mirada, veás esa tormenta y la sintás tuya, y volviéndote hacia mí, sonriás. Mejor aún, riás; una carcajada tremenda, que te deje sin respiración. Que sea esa tormenta una anécdota más, de esas que nos interrumpimos mutuamente al contarla. Quiero estar en ese oasis de la memoria; no importa si el resto del camino es arena, porque siempre está nuestro pequeño pozo, con su sombra y las nuestras.

La memoria no solo me hace recordar cómo me recubrías con tus labios cada vez que nos veíamos. La memoria, en efecto, me obliga a tener muy presente las tantas maniobras que usaste para tenerme a tu lado. Yo las había visto. Yo las reconocí. No me importó. Creería estar hablando de alguien completamente diferente. Probablemente esté hablando de dos personas diferentes. En mi cabeza, sin embargo, son una sola. Ni siquiera yo mismo tengo agencia en mis memorias, en mis deseos ni en mis sueños. Tantos sueños que tenés… y tan pocos sueños que tenés. No te reconozco, y sólo me pediste perdón. ¿Por qué?… Sos otra… persona. En el reino de la imaginación y de lo imposible me he acomodado cual rey, pues, sin esfuerzo alguno, me encontré de repente completamente hipnotizado por anécdotas (ajenas y propias) que puedo reconstruir como si hubiera estado allí, tan solo para recaer en la adicción a lo irreal a pesar de reconocer que lo que me imagino es nada más que eso: una ilusión ingrata, sin bases en lo tangible, sin evidencia en lo intangible, sin futuro en lo plausible y sin esperanzas en medio de la inmensa, sesgada y cegada curiosidad humana que me provoca el estar con vos; no negués que no me has visto perdido en pensamiento mientras estoy a tu lado, pues, y esto es lo más irrisorio, estoy inventando anécdotas juntos en mi cabeza mientas estoy con vos, y estoy pensando en cómo decirte que estoy inventando anécdotas juntos en mi cabeza mientras estoy con vos, y me imagino haciéndolo. Por eso no te escuché. Perdón.

No sé si alguna vez le has preguntado a alguna amistad sobre mí; no sé si le contaste a tu familia sobre mí. En realidad sé la respuesta a esas dos preguntas, y no quiero recordarlas. Olvido lentamente lo que sentía por vos, pero no olvido lo que quería con vos. Ya a vos se te olvidó todo. No tenías que hacérmelo saber; ya eso fue crueldad. No sé sobre quién estoy hablando. No sé si esto es real. No sé si esto que recito tiene algún sentido para quien sea que esté leyendo estas palabras, pero te puedo asegurar a vos, que me leés sin tener ninguna obligación de hacerlo e igual lo hacés porque pensaste que tal vez te pueda agregar algo nuevo a tu vida, que este es un ejercicio fútil. Bueno, al menos la oración anterior lo fue. También te puedo asegurar que “esto” es una manera de llamar la atención de mi parte. Brillo en la oscuridad, resalto por donde quiera que vaya, y las personas levantan la mirada para verme… Esto1 es cierto excepto para aquellas para quienes yo quiero que esto sea cierto. Como vos, por ejemplo.

Estos sueños que siguen atormentándome probablemente no son ciertos. Son simplemente los silenciosos quejidos de mi subconsciente, deseoso de una realidad que simplemente no es posible. Espero que no les importe que siga pintando paredes, recortando el zacate, plantando cerezos y robles sabana, barriendo el pórtico y reparando los cercos. Es que estamos en remodelación por acá, entonces a veces se ensucia mucho. Pronto se verá más limpio. Pronto volveré a sentirme envuelto. O quizá no, porque nada está asegurado en esta vida, ni siquiera lo que les dije antes. Sé que estoy buscando en los lugares equivocados, pero no conozco otros, y no por falta de intención. O tal vez sí. No me mandés más mensajes. Avisame cuando llegás; cuando sepás que has llegado.


  1. En realidad no es cierto en ningún caso. Te hice leer un pie de página, ja.