Entre bulevares y bosques
Y otras tantas estaciones de metro
No sé… Es extraño. Es un limbo. Eso de sentirse estancado invade con tanta fuerza, con tanto momentum, que te hace sentir como si eso fuera normal. Quisiera que fuera de nuevo el (insertar año). Quisiera poder hablarte, poder compartir aunque sea un segundo más de mi vida con vos.
A pesar de que llevás años sin estar a mi lado, te sueño todas las noches. Te pienso todos los días. Te extraño en lo más mundano, te respiro en lo más cotidiano, te espero en lo estoico y te veo entrelazada con mis otros pensamientos concurrentes. No quisiera decidirme aún en olvidarte; no es una decisión que deba ser tomada por mí, sin embargo. Al menos no me siento en suficiente control como para tomarla.
Es así como los días pasan, en medio de un insincero aire de progreso y de felicidad. Estos días, cada uno, cada hora que se acaba, son basura. Fuera de contexto es imposible siquiera pretender que tienen algún tipo de sentido, y en contexto, cada día que se acaba es una burda sátira imposible de parodiar, sin importar de con cuál actitud se vea hacia el futuro. Todo es gris. ¿Estás en la bruma?
Vos me abandonaste, te fuiste sin explicación y regresaste con una novela. Está bien. Pero, ahora, te exijo que te salgás de mi cabeza. Vos te fuiste de mi hogar, me dejaste moribundo en medio de un incendio, cerraste la puerta y destruiste la llave. ¿Cómo pretendés que actúe yo ahora? Sería extraño actuar normal. Sería admitir que esto nunca importó.
Los lugares más tristes son aquellos en donde me reconocen. No son tristes para mí, sino que ese es el calificativo correcto para esa imagen. Regresar a ese espacio en donde saben mi nombre, en donde me reconocen por quien soy, es todos los días un viaje al pasado. Por eso estoy estancado. O pretendo estarlo. Yo qué sé.
El tiempo es ingrato y etcétera, etcétera. Sí, de acuerdo. Pero, ¿a quién verdaderamente le importa eso? Si cuando nos damos cuenta, ya se nos fue. El tiempo lo inventamos nosotros. No nos engañemos; si me voy a preocupar por algo, no va a ser porque se me hizo tarde. Tarde será cuando estemos bajo tierra. Y no, no estoy diciendo que “dormiré cuando esté muerto”; estoy diciendo que dormiré si me da la gana (y es lo que más me gusta, porque no quiero hacer nada).
Mirá que somos ingratos, mirá que nos gusta jodernos que el reloj que creamos es cíclico, infinito, y nunca se detiene. Somos eso: una pretensión de estar en constante movimiento, mejora continua, para nada más caer muertos un día y que nuestra existencia acabe allí. Lo mejor a lo cual podemos aspirar es que alguien, por alguna razón, se acuerde de algo que hicimos y que le alegre el día, aunque sean 10 segundos que pasarán para no volver nunca. Para seguir pretendiendo que nuestras vidas tienen sentido. Para cerrar la pestaña de algún navegador y buscar “Gmail” en Google.
Este accidente cósmico que estamos forzados a experimentar día a día es, en sí mismo y simultáneamente, la prueba y la condena de lo absurdo de esta existencia. Los hechos son inexistentes para explicar nuestro objetivo como especie, y mucho menos para, en un soliloquio desenfrenado y de autoengrandecimiento, obsesionarse (y obsesionar) en una búsqueda sin rumbo de un significado cualesquiera, llenándose de signos vacíos, cuotas mínimas de serotonina (diría mi psicóloga) obtenidas de la manera más tóxica e insulsa que se pueda pensar. Pero tranquilos, que “el tiempo de Dios es perfecto”, y que mi esposo (el padre ejemplar, hijo atento, y hermano… hermanable) saldrá adelante y la verdad se sabrá (me obligaron a robar, todo lo que tengo me lo merezco, todos me envidian y por eso estoy en la cárcel).
¿Y qué tiene que ver todo esto con ella? ¡Ah!, pues verás, estimada persona lectora, que fue ella quien me enseñó todo esto. Sea eso bueno o malo, lo dejo al juicio de los demás; no me incumbe ni me interesa entrar en esa discusión pues es la única manera en la cual, en mi cabeza, puedo empezar a divisar una lógica de vida, por más contradictoria e inconsistente que sea. Obviemos todos los precipicios lógicos que hay que sortear y anestesiémonos a tal nivel que todo lo que sucede alrededor nuestro sea, sino aceptable, al menos axiomático de la vida en la Tierra (o en, sí, la “sociedad”). Dadas estas condiciones, ¿es esperable de mí no ser cínico? Tal vez estoy guiando demasiado la respuesta con esa pregunta, entonces veámoslo así: ¿es válido ver a nuestro alrededor y ser cínico?
Todo esto se lo estaría diciendo a ella, sin reproches, sin frenarme, sin tener que medir mis palabras por miedo a parecer sociópata. Todo esto y mucho más. Ahora, tengo que conformarme con monólogos, con enredados discursos de filosofía barata dicha por un tico que tiene la oportunidad de expresarse (para parafrasear a Bielsa). No me queda más de ella que un perfil privado, y una invitación que nunca enviaré.