Escombros de desayuno

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Escombros de desayuno
El Capitan, Parque nacional de Yosemite.

Yo no quiero que mis amigos la pasen mal. No quiero estar pensando que alguno de ellos está sufriendo por alguno de los tantos detalles que existen en nuestras vidas que nos hemos dejado convencer de que son trascendentales. Y es que sí lo son, porque nos convencimos de ello. Yo no puedo nada más descartar inmediatamente las preocupaciones de las demás personas sin ponerme a pensar por qué esas cosas, que para mí son irrelevantes, les hace preocuparse tanto. Y, aun así, lo hago. Y, bueno, ¿qué más podría hacer? ¿Pensar en mis hipocresías?

He estado pensando en la manera que interactuamos con el mundo, las suposiciones y las asunciones que realizamos todos los días tan solo para sobrellevar nuestras cargas personales hasta el momento en el cual ponemos la cabeza en la almohada de nuevo. En realidad, solo pienso en eso cuando no quiero levantarme trabajar entre semana; es decir, 4 de 5 días a la semana. En el otro día de la semana simplemente no me levanto. Pero, después de obligarme a empezar a trabajar, pienso en toda esa gente que tiene trabajos de verdad, que tiene gente en casa que depende de lo que hagan día a día, y me pregunto si alguna vez podría hacer eso. Nadie depende de mí. Nadie espera nada de mí. A veces yo espero algo de mí y no consigo nada, entonces he dejado de esperar algo. Ahora, solo espero.

Quisiera poder pensar que todo estará bien. Creo que todo va a estar bien, en un sentido práctico y personal. Tal vez incluso demasiado bien. Tal vez por eso me siento tan alienado y siento cómo mis sentimientos, mis ideas y mi realidad se escapan por entre mis dedos cada vez que intento sentir algo. O cada vez que debería sentir algo. O cada vez que alguien siente algo. Es algo con lo cual aún no he logrado lidiar de manera efectiva. Esa alienación que me empuja a aislarme en mis pequeñas rebeldías, como no donar nada a las campañas de caridad de los supermercados. Ellos tienen toda la comida y me cobran por las cosas que necesito. Entonces, ¿por qué tengo que darles aún más plata? No jodan. Y que tampoco me jodan los que usan el espaldón como un carril extra y después andan tirándole el carro a uno para adelantarse en las presas. Solo yo puedo hacer eso, porque cuando yo lo hago es porque es importante.

O, tal vez, todo estará mal. Quién sabe. Para alguien que no sabe nada sobre el futuro, paso demasiado tiempo en el fútil ejercicio de elaborar escenarios y conversaciones para momentos que no sucederán. Ah, pero cuando sucedan... Ay, otra vez pasó el camión de la basura y yo no la saqué. Bueno, por dicha acá pasan dos veces por semana, entonces puedo sacarla el jueves. Si es que me levanto de la cama. Ya tengo sueño otra vez. Últimamente he tenido muy poco sueño en las noches, entonces tengo que aprovechar para dormir inmediatamente cuando me da. Escribo esto mientras tengo sueño y son las 10:30 de la noche y tengo que levantarme a las 4 de la mañana. Y tengo un trabajo final de la U sin hacer. Y como 4 conversaciones sin contestar. No quiero contestar. Ojalá que mañana me contesten lo que les dije, o seguro ya me odian por necio. O tal vez ya están durmiendo. Yo debería estar durmiendo, aunque quisiera poder contestarles “jajaja qué bueno", y hasta mañana.

Ahora es tiempo de una metáfora rebuscada que no solo ilustre de manera inteligente y atractiva que soy un gran escritor, con dotes creativos e ingeniosa prosa, sino que también mueva a mis lectores a creerse aún más inteligentes por entender semejante estiramiento de la realidad para encajar mis preconcebidas ideas dentro de una herramienta retórica indiscutible, y así lograr que todas las personas involucradas en este ejercicio nos sintamos superiores y nos persuadamos de que nuestra capacidad crítica es más profunda de lo que creemos. Bueno, pues no sé qué decirles. Digamos que yo soy el camarón y ustedes la corriente. El sueño es el capitalismo. O yo soy el cien volando y ustedes la paloma en mano. Digo, pájaro. Y el "más vale" es el capitalismo. Qué sé yo, mejor piensen ustedes, yo no tengo que inventarme las cosas todo el tiempo. Ustedes también pueden.

Me puse a pensar de nuevo en las personas que considero como cercanas, en las que quisiera que fueran más cercanas, en las que quisiera que estuvieran de nuevo en mi vida, en las que están pero quisiera que fueran diferentes, y en las que no quisiera ni recordar que existen. Todos los rostros pasan frente a mí, uno por uno, como si estuviera proyectando filminas frente a mis ojos en alguna tarde de abril en la Facultad de Letras. Un ejercicio tan nostálgico como anacrónico, incluso para aquel momento. Siento la calidez del proyector invadiendo el aula, invitándonos a sudar. Siento a esas personas que reconozco en mi mente desaparecer tan rápido como llegaron, y quisiera poder sostener la filmina por unos momentos más, o destruirla inmediatamente. Es vergonzoso para mí reconocer sentimientos; no sé por qué siempre tengo que introducirlos con un "no es por nada, pero...", como si le estuviera pidiendo permiso a mi cerebro para estar vivo. Es agonizante vivir de esta manera, experimentar todo a través de un prisma de ansiedad y vergüenza inexorable pero tolerable. No sé hasta qué punto seguirá así, pero mientras las luces del panel sigan desapareciendo cada vez que arranco el carro, todo seguirá igual.

No estoy del todo convencido de que nuestro potencial de cambio se haya extinguido. Pero estamos muy cerca. La apatía y el cinismo que encontramos en cada esquina de nuestra realidad me enloquece. Quiero poder desayunar sin que me den náuseas pensando en un genocidio, en el cambio climático o en el estúpido peso del sistema económico que construimos para nosotros mismos que nos convence de que no somos suficientes. Nunca lo vamos a ser, de hecho, porque partimos de falsas premisas. Pero tampoco puedo someter a las personas que quiero a esta constante, tortuosa e insufrible manera de existir. "No me debería quejar" inunda mi cabeza. Incluso en este momento. Y, aun así. Al final de cuentas, esta es la única manera en la cual puedo reconciliar mi existencia con esta realidad sin pensar en que estoy perdiendo el control de mis facultades. Esas náuseas son mi alienación, lo quiera o no, y es parte inherente de lo que soy ahora. De lo que me hace seguir encendiendo la computadora. De lo que me hace contestar los mensajes y reaccionar a un meme. A veces hasta me río.