Estuve/estaba

Había escrito un subtítulo pero era muy estúpido. Confórmense con esto.

Estuve/estaba
Cajón del Maipo, Región Metropolitana, Chile

Estaba, el otro día, tratando de pensar por qué estoy sintiendo tantísimo malestar todo el tiempo. Es una sensación de tensión constante, como si algo grave estuviera a punto de pasar pero sin estar presenciando algún evento en ese momento determinado. No creo que tenga nada que ver con los más de 30 mensajes y llamadas semanales que recibo de bancos ofreciéndome créditos preaprobados de unos 600mil colones con tasas exorbitantes. Ellos solo me quieren ayudar, al final de cuentas. ¡Ah!, pero ustedes querían libertad financiera.

Al rato de infligirme náuseas pensando en el abanico de opciones y productos financieros a mi disposición (nuestra fuerza está en la diversidad de maneras que existen para estafarnos - perdón, me pasaron una nota que dice que en realidad quise decir “encargarnos de nuestro futuro”), me dieron ganas de revisar Instagram. Ya ustedes saben, esa necesidad innata de ver historias en Instagram. Creo que soy la primera persona en la historia del planeta en darse cuenta de que pasamos demasiado tiempo en nuestros teléfonos. De hecho, no he escuchado aún a nadie hablar sobre ese tema. Si hubiera estado vivo en tiempos de Poncio Pilato, yo hubiera sido el primero en señalarle que se estaba lavando demasiado las manos, o incluso le hubiera dicho a Adán que estaba comiendo mucha fruta.

La cosa es que me metí a Instagram para escuchar 23 publicaciones de diferentes podcasts con gente que nunca he visto en mi vida diciéndome que el primer paso para ser exitoso en esta vida es levantarse a las 4:00 de la mañana y bañarse con agua fría para activar el cerebro, y luego leer 14 libros antes de irme para el trabajo. Por dicha generalmente me despierto a las 4:30 de la mañana, porque tengo que evitar las presas para llegar a la oficina, entonces es poco lo que tengo que ajustar en mi vida para encaminarme hacia la ruta del éxito. También me estaban recomendando comprar acciones de empresas tecnológicas e invertir en criptomonedas, las cuales son, según estos expertos que me salen en mi página de (¿explorar? ¿recomendar? ¿es para vos?), una revolución monetaria porque son las nuevas divisas descentralizadas que nos van a liberar de las cadenas y grilletes de los bancos centrales y de un montón de personas con apellidos sospechosamente judíos. Lamentablemente, no pude seguir escuchándolos porque el semáforo se había puesto ya en verde y un carro me quitó el primer lugar en mi carril, entonces tuve que meter el gas para ganarle a ese animal que no sabe manejar. ¡Qué chicha!

Quise despejarme de tanta tensión que sentía, entonces me metí a Facebook a ver comentarios de noticias sobre migrantes para sentirme moralmente superior a todos los racistas y xenófobos que viven en este país. No es como que yo haga algo al respecto, pero eso no me incumbe. O al menos a nadie le tiene que importar si me incumbe o no. Nada más quiero que vean que soy superior al resto. Igual no es como si todas esas personas tengan derecho al voto. Hm. Bueno, no es mi problema tampoco. Lo que me enoja es que después de leer un rato, me llegó una notificación de un supermercado que está cerca de donde vivo sobre unos productos en descuentos, y la natilla que me gusta no estaba en descuento y tuve que comprar la Dos Pinos. Ugh. No es lo suficientemente cremosa como la Del Prado, y no me agrada sentir que es demasiado líquida, como si le estuviera echando leche al pinto. Como sea, nadie me entiende.

Llevo como unos tres meses seguidos sintiéndome cansado todo el tiempo, y ya no recuerdo la última vez que estuve más de dos semanas sin sentir que cargo el peso del mundo en mis espaldas. Díganme ¿cómo puedo pretender trabajar si cuando llego a la oficina ya me estoy quedando dormido? Nada que una Dalivium ligada con Jet cero azúcar y una lloradita en el baño no solucione. Estoy tan enojado, pero tan enojado con sólo pensar en las maneras en las cuales las corporaciones pretenden exprimirnos creativa y mentalmente para llegar a un punto en que estemos tan desensibilizados que no nos quede mayor remedio que seguir trabajando para que se nos pase el tiempo más rápido. Que sintamos el lento y progresivo pavor apoderarse de todos los aspectos de nuestras vidas, y ver que el futuro nos depara la misma receta de los últimos siglos: más capitalismo, más alienación, más estafas, más separación, más miedo de hacer y ser lo que queramos. Perdón, es que estoy viendo que los Sparkling Ice que me gustan ya no están en descuento en la página del Automercado. No puede ser, este país ya perdió todos los valores.

“Vengo a apoyar, porque quiero un mejor gobierno”, me digo a mí mismo, sonando como un maniático. ¡Ni siquiera me gusta el maní! Ja ja, es sólo un juego de palabras, tranqui. En realidad me encanta. El maní, digo. Pero está caro, entonces no lo volví a comprar. El punto es que quisiera que todos los corruptos se vayan, que la Fiscalía deje de acosar judicialmente a miembros del gobierno acusados de corrupción, que se mejore la educación quitándole plata al MEP y a las Universidades públicas para que aprendan, que no suban la edad de jubilación sin que el Gobierno le pague la deuda a la Caja y así la Caja pueda construir todos los Ebais y hospitales tan urgentes mientras obstaculice la construcción del hospital de Cartago porque no se puede despilfarrar la plata aunque sí está la plata completa para construirlo al mismo tiempo que la hay para regalársela a los cooperativistas cercanos al gobierno, y me encantaría que dejen al Presidente desatar al tigre y nos hagamos como Vietnam. Perdón, quise decir jaguar. Ah, y quise decir Singapur, o Taiwán. O algo menos chino y más gringo. O algo más, o menos, democrático. No me acuerdo cuáles eran los buenos. Al final, el Presidente es el que sabe y por eso actúa como actúa. No me pregunten sobre qué ha hecho, eso sí, que no me acuerdo ahorita. Estoy ocupado; tengo cosas que hacer. No como ustedes, que pasan en una pura quejadera y no dejan que la gente trabaje en destruir el país en paz.

En la muerte de los matices, de los detalles, encontramos la muerte del intelectualismo. O, mejor dicho, el apogeo del anti-intelectualismo, el creer que ignorar y tener cero curiosidad sobre cómo realmente funcionan las cosas es una virtud. El ser hipócrita deja de ser un defecto y se convierte en un medio para conseguir objetivos políticos. Las muertes de la decencia, del respeto, del ornato y del decoro, por sí solas, no se deberían llorar. Si las empezamos a llorar, nos lleva la ola fascista. Pero sí debemos conmemorarlas; no porque sean una aspiración por sí solas, o porque sean herramientas inherentes de una lucha antifascista, sino porque se complementan con ella. No hablo de marchas pacíficas, de protestas sin insultos, ni de paredes sin eslóganes. Eso no es “indecente” inherentemente. Hablo de una sociedad en la que los derechos son válidos en la medida en la cual me afecten directamente a mí, independiente si estoy de acuerdo con la causa o no. Si me hacen llegar tarde al trabajo donde tengo que urgentemente llegar a mandar correos, aunque sea una sola vez, voy a cambiar lo que pienso acerca de todos los movimientos sociales de inmediato y me voy a convertir en un reaccionario tan recalcitrante que mi propia familia va a empezar a preocuparse por mi salud mental. La decencia y el respeto se complementan con la ternura, con el radical e irracional deseo de una sociedad más igualitaria, y una obstinada creencia en que realmente es posible. El fascismo, el capitalismo salvaje y la desvirtualización del trabajo se confabulan para quitarnos nuestra humanidad y así forzarnos a no sentir nada, pues estar desprovistos de cualquier tejido que nos mantiene con alguna noción de comunidad y solidaridad es lo que le funciona a una maquinaria que se está descomponiendo y que necesita cada vez más recursos para continuar hasta su inevitable final. Está en nosotros resistir hasta su implosión.

“FUTURO”, escribo en los comentarios de una publicación de uno de los gurús de las finanzas, para que me envíe por privado una clase gratis de libertad financiera.

Cuando estoy regresando a mi casa detenido en tráfico en la muy brillante y lujosa nueva carretera para evitar entrar a la cochina San José, me embargan inmediatamente varios pensamientos. El primero es que deberían construir un carril extra y todo se solucionaría; no habrían más presas en el país. Aunque yo sé que don Rocky Chaves nos ha dejado las presas para poder contestar los audios de más de 5 minutos que tenemos pendientes en WhatsApp. El segundo es que para qué trenes eléctricos sin diésel (no sé qué significa esto; nada más me acuerdo que se me ocurrió esta frase y me dio mucha risa, pero no recuerdo el contexto y ahora parece que estoy delirando)… En realidad pienso en escribir. Poder escribir una novela o un libro de cuentos cortos algún día. Componer y lograr evocar sentimientos como los que provoca David Berman o Leonard Cohen. “I know that a lot of what I say has been lifted off of men’s room walls”, dice Berman. Y, bueno, eso es lo que siento cada vez que abro la boca. El problema es que nada de lo que expreso tiene el peso de un “Suzanne”, ni el misticismo de un “Trains Across The Sea”, o el devastador golpe que es “All My Happiness Is Gone”… Estoy seguro de que ellos escribieron mucha basura también. Además, si no hubiera basura ¿cómo sabríamos qué es lo bueno? Por eso me enorgullezco de ser parte de esa basura. Por cada “Born To Run”, hay cien mil “Amazing”. Sin mí, “OK Computer” nunca hubiera existido. Todas las personas que nos exponemos a alguna crítica sobre cualquier tipo de obra, aunque sea una exposición extremadamente limitada, formamos parte de este universo de ideas y creatividad que logra hacer resaltar lo bueno de la basura. Y no me digan si Berman o Cohen eran sionistas, porque no quiero saber. O sea, sí sé, pero no me lo digan; de por sí ya se murieron. Tampoco hablemos de Radiohead. Es más, mejor no me digan nada ahorita, que no quiero escucharles. Pero escúchenme a mí, eso sí.

El trayecto que recorro del parqueo a la oficina lo siento cada vez más largo, más pesado. Supongo que es normal; todas las personas que considero adultas lo ven normal. Mejor dejo de pensar en los de…Ah, se me olvidó. Qué conveniente. Igual los carros dentro de este parqueo son muy ruidosos. Es un recordatorio para mí de no tener que pensar tanto todo el tiempo. Lo único que realmente me ha dejado son citas de terapia y pastillas. Lo que daríamos, desde ciertas partes de este continente, por vivir en otros lugares, poder sentirnos libres y sin miedo. Y, bueno, después nos acordamos lo que son las personas en aquellos otros lugares, y se nos quitan las ganas. Gente buena hay en todo lado. Casi en todo lado. Creo. Espero. ¿Te cuento un cuento? Estaba buscando un regalo para mi mamá en el barrio chino. Quería algo vacilón, diferente, digamos. Tipo algo que uno no se compraría no tanto por el precio sino porque es innecesario aunque sería bonito tenerlo sólo por el hecho de que la mente de uno ya se fijó en un incomprensible deseo de poseer algo solo por el hecho de tenerlo en las manos, usarlo, y sentir que es de mi propiedad y ya. Esa es la idea detrás de lo que buscaba. No encontré nada. Creo que el problema era que yo no quería nada, y nunca siento nada. Le regalé un libro ahí. Creo que nunca lo leyó. En el día de la madre dejé que mi hermana escogiera y yo le hice el sinpe de mi parte.

Casi me paso de largo de la entrada del residencial. Trato de que no me tome tan de sorpresa esta calle pero a veces no lo logro. Como la vida. Ajá, qué buena observación. Bueno, al menos es lo que ustedes están diciendo en este momento. Porque solo a mí se me vendría esa idea a la cabeza. Soy un incomprendido moderno, me parece. Y qué importa, la verdad. Puse Telenoticias para entender la verdad, ver comerciales en medio de las noticias, y ver noticias sobre comerciales. Ver películas sobre productos. Ver señales de tránsito al mismo tiempo que pienso en mi restaurante favorito. Ver vallas publicitarias que tapan el volcán Irazú. Esta es la vida que buscamos y que anhelamos. ¿Cómo les explico, después de esto, que quiero irme a vivir a Los Ángeles?

Los carros se acumulan en las calles del barrio, y la cuadra está llena de autos. Nada más quiero parquear e irme a dormir. No hay espacio.