La última vez

No es tan dramático, tranqui

La última vez

Bueno, y es que acabo de decidir que nunca más escribiría ni una sola palabra que no tuviera que escribir forzosamente. Me acababa de dar de baja en este mundillo de blogs, de ensayos disparatados de prosa libre. No me queda más que reconocer que nunca publicaré un libro, o que nunca podré componer una canción, o que nunca podré cantar bien. Es normal ir despertándose progresivamente de cada uno de los sueños que tanto se anhelan, pero no deja de ser doloroso. Cada vez que esa nube se disipa, esa sensación de vacío entra a mi cuerpo; es una sensación de la que he hablado en reiteradas ocasiones. Sin embargo, el principal problema es que no baja de intensidad. No hay experiencia que me haga anticipar o preparar su llegada. Llega y se queda. Llega y me duele. Y cómo duele. 

“¿No era que ibas a dejar de escribir?”, podría decir cualquiera que lea este texto. Y, pues, sí: estarían correctamente juzgándome. No soy capaz de pensar en algo sin racionalizarlo conmigo mismo, para luego intentar vocalizarlo de la manera que sea, y arrepentirme inmediatamente de pensar algo concreto. De cualquier forma, no existe pensamiento que se formule en mi cabeza que no venga antecedido de una lista de advertencias que socavan cualquier intención de querer decir algo definitivo. En mi vida, en toda mi vida no he visto algo más definitivo que una sola cosa, y no es la muerte. Y tampoco la diré, así que no la esperen... Al parecer, soy enemigo a muerte de la elipsis.

Este texto es un producto más de lo imposible que es para mí lograr convencerme de una idea. Especialmente si es una idea que no quiere salir de mi cabeza desde hace 5 años, la cual ha sido derrotada y demostrada falsa en al menos tres ocasiones y de manera contundente. Pero ahí está, carcomiéndome, envenenando mi día a día. Es como una promesa que en algún lado escuché, y solo bastó un rumor para sellarlo indeleblemente en mi mente. Cualquier amago de alago, cualquier cumplido por pura y genuina gentileza es más poderoso que la expresión de un honesto sentimiento hacia mí. Cualquier observación o semi-burla de hace 10 años o más se convierte en un mantra que repito religiosamente, siendo el reflejo en el espejo ese objeto de veneración que debo insultar. 

Y, entonces ¿cuál es el objeto de estas frases? Creo que el impulso que me hace escribir este texto en menos de 30 minutos, sin revisar gramática ni problemas de redacción (los cuales tampoco detectaría), es el mismo que me fuerza a buscar todos los días la traducción de “debajo” en francés: el miedo a fracasar, especialmente cuando ya perdí. No me encanta la idea de seguir escribiendo de esta manera, con el corazón en la mano y con el cerebro en los pies, poniendo comas y redactando una y otra vez la misma idea, sin novedades, sin metas, sin puntos de referencias… Es como barrer la casa, caminar sobre la basura y enojarse por el hecho de que la casa sigue sucia. Nada de esto es lo que yo planeé. Nada había sido planeado. Lástima. 

Ex-lo que sea, antigua-qué sé yo, tal que me inunda de ansiedad cuando pienso en vos, cuando no pienso en vos, cuando pensás en mí y cuando no, ¿qué estás haciendo? ¿Cómo lográs borrarme sin inmutarte? Exactamente: ese es el ejercicio de hoy. Ese es el momento de verse en el espejo figurativo universal. Ese es el mismo momento, devastador, que recuerdo que es el mismo espejo para todas las personas, pero no puedo ver mi reflejo ahí. No lo logro ver. No creo que esté ahí; no porque sea único o especial, sino porque ya no hay más espacio para mí. Y así es como se pasa la página. Figurativamente, claro está. 

Me había dado de baja, como me había rendido ante la derrota (por tercera vez) y había hecho el ridículo de nuevo, como me había bajado de este bus una y otra vez. Pero la batalla en mi cabeza sigue. Patadas de ahogado, dirán. Y aunque sé que ese vacío indescriptible que intento describir se apoderará de mí una vez más al momento de publicar estas palabras, estoy preparado para no estar preparado para recibirlo. Por eso, 40 minutos después de abrir Word, presiono las últimas teclas de lo que sea que esto es. Regreso, aunque pueda ser la última vez.

“Ci-dessous”, para los curiosos.