Mysterious ways

Fe, día a día, y más música (no U2, sorry)

Mysterious ways

Fotografía propia, Cementerio Monumental de Milán

Quiero empezar a escribir algo que no tenga que ver con lo que ya he escrito en las últimas veces que les he obligado a leerme, más por vanidad que por temor a parecer aburrido. Si le doy demasiadas vueltas al asunto, termino, como siempre, desistiendo totalmente del intento de escribir, borro las tres o cuatro líneas que llevaba, y empiezo de cero. Creo que inclusive les he hablado antes sobre este sentimiento. Así redondeo una muy exitosa hora y media de mi tiempo: eliminando el archivo de Word en donde iba dilucidando (según yo) algún tema que me interesa. Ya cuando empiezo a usar frases como “todo mundo sabe”, “como hemos visto”, o peor aún “después de lo que vimos estos días” (ugh), significa que no estoy yendo hacia ningún lado. Odio pensar en esos términos. Pensar en escribir algo sobre el acontecer cotidiano del hoy en día actualmente es tan redundante y cacofónico como esta frase que está a punto de terminar.

No es que nunca escriba de esa manera. Estoy seguro de que, si me pongo a revisar, he escrito en varios de estos textos frases de ese calibre o peor. No tengo el interés en este momento de castigarme como para buscar ejemplos; eso lo dejo para mi tiempo libre. No tengo nada en contra de que las personas usen ese tipo de frases, pues es totalmente normal. Lo que me molesta es mi constante suposición de que “todos” sabemos que “algo” es verdad. Es una maña igual a la de comerse las uñas, romperse los granos, jalar la camiseta del delantero en el área, ir al supermercado sin las bolsas, etcétera. Es como pequeñas reacciones físicas para llevar una vida más complicada para hacerla menos monótona. Qué sé yo.

Otra vuelta más, otra más. Quería escribir de algo más, algo diferente, pero ¿cómo pretendo pensar en algo diferente si todos los días son iguales? No debería exigirme tanto en buscar algo diferente para escribir, porque ni yo mismo soy distinto. Yo soy de los que usa esas frases, de los que asume todo el tiempo, de los que tiene las peores mañas. Por eso mismo regreso todo el tiempo a escuchar a Phoebe, como les dije la vez pasada. No tengo una afinidad por lo actual, sino por lo cotidiano. Sobre el cómo sobrevivimos día a día, en donde nada especial pasa. En mi caso, al menos, intento pensar en el carácter acumulativo de la historia, en oposición a un carácter cíclico, y así le encuentro más gracia a tratar de sobrellevar ese insufrible peso autoimpuesto.

Pero bueno. Toda esta enredada y convulsa introducción tenía como objetivo hacer una pequeña reflexión para hablar sobre un par de ideas que me han rondado la cabeza en los últimos días, pero, como es costumbre en mi redacción, divago demasiado y no voy al punto. Debería simplemente detenerme acá y empezar radicalmente con esas ideas, si introducir nada. Okay. Va de nuevo.

He estado pensando en la naturaleza misma de la fe y de las creencias en general. No es habitual en mí pensar en la reflexión mística, metafísica o misteriosa que cada uno hace con el fin de conectarse con algún ser superior, alguna fuerza sobrenatural o alguna idea universal, pues ese es un ejercicio que hago de manera introspectiva. Sin embargo, y en medio de tantas restricciones para socializar con personas que no viven con nosotros, y atravesando una era tan desastrosa en términos de vidas, expectativas y dignidades, se me hace inevitable pensar en la manera en la cual los demás, en especial las personas que viven diferentes tipos de fe han mantenido esa creencia y cómo la vinculan con su cotidianidad. He estado alrededor de una familia creyente católica lo suficiente para repetir sin pensar las diferentes razones que la gente da para mantener la fe. Que solo con Dios se puede seguir adelante, que las dificultades son obstáculos que Dios pone para hacernos más fuertes en la fe, que Dios aprieta, pero no ahorca, que todo es parte del proyecto de Dios, que solo Dios sabe por qué hace las cosas, que seremos recompensados en el Reino de Dios…

No pretendo ser prejuicioso en este tema: sinceramente, no propongo ningún juicio de valor al hecho de pensar en estos términos. Cada uno vive de acuerdo con lo que crea que le conviene. Y ojo: no estoy discutiendo acá los méritos de la religión organizada, ni de sus efectos en nuestras vidas más allá que desde una perspectiva cultural y comunal; ese es un tema donde tengo otro tipo de opiniones que no vienen al caso en este momento. Mi reflexión tiene más que ver con una cuestión de curiosidad, de cómo intentamos sobrevivir al día a día tan abrumador teniendo ideas fijas de un misticismo determinado, el cual, en muchas ocasiones, está enraizado en la misma experiencia humana. Supongo que esa idea de “debe haber algo más que esto” es muy atractiva y da mayor serenidad.

Es acá en donde (initializing musical chat) siempre regreso a la dinámica entre Phoebe Bridgers y Julien Baker. Por un lado, Phoebe es más inclinada a cantar sobre lo cotidiano, sobre lo que representa estar en una constante toma de decisiones que son irrelevantes en un contexto universal, pero que son cruciales para cada uno de nosotros como individuos. Julien, por su parte, está un poco más interesada en descubrir el significado de tener una creencia determinada, y cómo compaginar esa fe con el resto de la identidad de esa persona. Es decir, cómo lograr conciliar todas las contradicciones que somos como personas, especialmente cuando estas parecen mucho más evidentes.

Más allá de las implicaciones éticas y emocionales que acarrean el ser parte de una religión organizada, mi interés siempre ha sido en el aspecto cultural de la religión como agente aglutinador de comunidades. En mi caso, al crecer alrededor de tradiciones católicas, en un pueblo cuya vida en comunidad había girado entorno las celebraciones cívico-religiosas específicas, se me hace imposible desligar esa educación de mi identidad. Como mínimo, soy culturalmente católico. Ese sentido de pertenencia, tan añorado y, en mi opinión, el gran catalizador para la existencia o para el fin de un grupo de afinidades cualesquiera, es lo que queda impregnado en nuestra identidad, y por eso es tan difícil reconciliar otros elementos que son, en muchos casos, intrínsecos a ciertas creencias. En este caso, va mas allá de la fe, pues puede involucrar cualquier otro conjunto de afinidades en donde se espera que la persona comparta ciertos valores para verse como un “verdadero” miembro de dicha comunidad. Esto se ve por doquier; si te gusta cierto tipo de música, si te gusta cierto deporte, si tenés una ideología política determinada, si tenés una orientación sexual en específico, si formás parte de un grupo religioso o espiritual, entre muchas otras cosas. Parte del hecho de que se espera que una persona musulmana (para tomar un ejemplo) tenga ciertos valores en específico por parte de esa misma comunidad, es porque existe un miedo colectivo a que, en el momento de que no haya denominadores comunes, esa comunidad se rompa, y se pierda el sentido de pertenencia que les da tranquilidad y esperanza.

A pesar de que esto puede ser cierto para cualquier tipo de grupo de personas, en ningún otro se ve tan fuertemente instrumentalizado como en la fe. Creo que tiene que ver con el hecho de que la fe, a la gran mayoría de personas creyentes, les da, más allá de un sentido de pertenencia, un sentido de vida. Así que la relación sube a un nivel superior de afinidad: ahora no solo tu vida la ves reflejada a través de las creencias que las personas similares a vos poseen y comparten, sino que ese reflejo construye un objetivo de vida. Es por esto por lo que las personas creyentes se sienten en la obligación de proteger a toda costa la religión organizada que profesa sus creencias. Una crítica a mi Iglesia, a mi comunidad o a mi Imam, se recibe siempre como una crítica a lo que creo. Es un ataque directo a mi identidad, a lo que me da sentido de vida.

Aquí es donde resuena en mi cabeza una frase de Faith Healer de Julien Baker: “Faith healer/Come put your hands on me/A snake oil dealer/I’ll believe you if you make me feel something”. A Julien le urge sentir algo, probar lo que sea, por más placebo o estafa que sea, para lograr creer en algo que la haga sentir un mínimo de vinculación con el mundo. Y esta línea de pensamiento va en paralelo con el sentido de pertenencia, pues cuando una persona creyente deja de creer, empieza a nacer un miedo de perder esa conexión con su comunidad. Por eso ella quiere forzar una reacción para poder sentir algo. Me imagino que para algunas personas es más fácil que para otras separar su fe de la vida dentro de una religión, pero para la mayoría no lo es, y es entendible hasta cierto punto.

La otra idea, tal vez menos densa y en la cual no tendrán que sufrir mucho más de mi tan enredada escritura, es en cómo dimensionamos esas creencias con las tareas del día a día, lo cotidiano, lo mundano. ¿Cómo pasar de las revelaciones al profeta, de la vuelta del pueblo de Dios a la tierra prometida, de la tercera venida del Señor, a notar que el imán que nos regalaron para la refri tiene un error gramatical? Tengo una pequeña obsesión con buscar esos detalles tan incómodos, irrelevantes e irónicos en la vida, y entenderlos en el contexto de una experiencia que cada vez se siente más surreal en los efectos tan devastadores que muchas de nuestras acciones tienen sobre el planeta; acciones sobre las cuales, por cierto, no tenemos ninguna influencia. Como saludar a uno de los tantos primos hermanos de mi papá e inmediatamente darse cuenta de que está ebrio antes del mediodía, pero hablarle por unos 5 minutos para no parecer descortés.

Esos momentos incómodos y risibles, sin embargo, tienen la característica de que podemos subirles un poco a su volumen de contradicción e ironía, y llegamos a cosas que son totalmente reales y trágicamente destructivas. Probablemente mi ejemplo favorito es cuando se celebra el mes de la diversidad sexual y de género, y todas las grandes empresas despliegan una frívola campaña de marketing haciendo eco a los orígenes de la festividad y a los compromisos que han firmado para hacer avanzar los derechos de las personas de la comunidad LGTBIQ+. Pero con la ironía más grave, de la cual no logro desentenderme, es ver a empresas como Raytheon y Lockheed Martin twitteando la bandera de la diversidad sexual, mientras mantienen contratos de venta de armamento con países en donde ser homosexual es un crimen so pena capital.

Ese tipo de contradicciones está perfectamente diseñado para destruirme por meses. No se me hace fácil, ya de por sí, tener una perspectiva positiva sobre la vida en tiempos “normales”, y ese tipo de brutalidades son como un gancho al hígado. Por supuesto que, idealmente, una persona en sus cinco sentidos podría observar a través de la muy obvia hipocresía detrás de decir que apoyás la lucha de una comunidad al mismo tiempo que, en un sentido muy real, sos actor en el comercio de armas diseñadas para imponer intereses económicos y geopolíticos en las zonas en donde más crímenes de guerra se cometen en el mundo. Sin embargo, es muy común encontrar esa falta de conciencia en las relaciones públicas de estas empresas. A mis ojos, ese fenómeno sucede por dos principales y deprimentes razones: la primera es que a estas empresas no les importa lo que los demás piensen, pues están en un negocio moralmente imposible de reconciliar con cualquier valor progresista, y la segunda, la cual es derivada de la anterior, es que las firmas que manejan las relaciones públicas y el marketing de estas empresas están llenas de personas que no tienen una perspectiva basada en la realidad sobre lo que estas empresas hacen, y simplemente elaboran campañas para celebrar cualquier efeméride que llegue. Es una tragicomedia que está más allá de cualquier parodia, pues es en sí misma una parodia.

Me detengo en este punto porque es con esos ejemplos donde no tengo la capacidad de hacer que todas estas visiones tengan una lógica, o que sigan algún tipo de noción asentada en la realidad sobre lo que es, lo que ha sido y lo que viene. Es decir, no podría poner todos estos elementos como la fe, un sentido de pertenencia y un grado extremo y cotidiano de crueldad e ironía en un logaritmo y que este me produzca un resultado lógico. No es que lo esté viendo en un sentido matemático; simplemente es que, en mi cabeza, es imposible acomodar todas estas cosas sin darme cuenta de que hay una falla gravísima en la manera en la cual estamos viviendo. Uno de mis grandes defectos es sonar como un insufrible cínico, pero el tiempo me ha dado aún más elementos para dudar de que haya redención en algún lugar sobre el camino por el cual muy acomodadizamente hemos elegido transitar.

Tal vez para otros esto tenga sentido; no lo sé. Es probable. La vida es absurda no porque el universo o el ser humano lo quieran así, sino por la lucha sin cuartel entre los dos por el simple hecho de existir al mismo tiempo. Camus decía que esto nos deja con tres opciones latentes: el suicidio, el salto de fe, o reconocer lo absurdo de la existencia. El mismo nos empuja por escoger lo tercero: reconocer que la vida es absurda y buscarle por nuestra propia cuenta algún valor, aunque a priori no lo tenga. Las otras dos opciones son, en su opinión, un suicidio, ya sea literal o filosófico. Pero, si esa búsqueda nos educa como seres cínicos y apáticos, ¿en qué lo diferencia de un suicidio? Por eso nos aferramos a lo que sea, no importa la naturaleza de la creencia que nos haga sentir algo, ni tampoco si estamos totalmente convencidos de esa fe.

Termino con una anécdota sobre David Bowie, probablemente una de las personalidades más fascinantes de los últimos 50 años. Famosamente, Bowie escribió uno de mis álbumes favoritos (Station to Station) en el peor punto de su adicción a la cocaína. Era tal su adicción que afirmaba no recordar prácticamente nada sobre su producción ni grabación. Es un disco fascinante, lleno de letras crípticas oscurantistas y otras muy explícitas sobre su uso de drogas. Sin embargo, en la canción Word on a Wing, donde es palpable toda la pasión con la que la grabó, Bowie habla sobre su intento de reconectarse con Dios en su peor momento, pero el mismo Bowie duda de que la manera en la cual vive se acomode a las exigencias de Dios, y también duda de la misma existencia de ese ser celestial. Es una ambivalencia que parte de un mismo sentido de aislamiento y desesperación, y que Bowie utiliza como un último recurso en su búsqueda de recuperación y redención, nunca más evidente que cuando dice “Lord, I kneel and offer you my word on a wing/And I'm trying hard to fit among your scheme of things/It's safer than a strange land, but I still care for myself”. Hermosas líneas (no pun intended). La canción que le sigue es sobre cómo en medio de una noche de exceso de drogas, su amigo Iggy Pop piensa que el tele se tragó a su novia.