Una Anécdota Rusa

- Originalmente escrito en abril del 2020 -

Una Anécdota Rusa

Me había contado que era de Irkutsk, Ulán-Udé, Chita, o una de esas místicas ciudades del extremo oriente ruso. Sinceramente, no recuerdo con certeza; era una máquina escupepalabras, y me relató decenas de peripecias en esas ciudades tan singulares y desconocidas, las cuales, sin embargo, eran todas y cada una de ellas más grandes y pobladas que la mía. En cada una de sus historias, fuera en las gélidas calles de alguna de las susodichas ciudades, en alguna iglesia estilo barroco siberiano, en algún laberinto repleto de coníferas, en sus fugaces intentos por asentarse en las grandes urbes rusas, o en alguna conversación la cual (estoy seguro) fue adornada al estilo Dostoievski, siempre deslumbraba en su voz una enérgica alegría y emoción de la cual, a todas luces, se le hacía imposible disimular. Siempre me pareció un oxímoron escuchar semejantes relatos de penurias y escenarios desoladores con tanto detalle, con una narración vívida y locuaz, encantadoramente atrayente a pesar de tener un grueso acento del oriente europeo en su sobresaliente inglés, aparte de algunos destellos de una dicción londinense, especialmente en las conjugaciones del verbo to be. Esas palabras me revelaban un alto nivel educativo, lo cual no me sorprendía en lo más mínimo, pero sí me llamaba la atención que, a pesar de su infinita capacidad de memoria y narración, no me dejaba entrever detalles personales de su vida pasada. Aparte de cosas básicas como edad y lugar, nunca se dejó decir nada acerca de su infancia, cómo creció, cómo fueron sus estudios, cómo aprendió inglés, ni algún otro detalle que me dejara comprender un poco su manera de pensar y sentir. En ese sentido, era todo un enigma.

En lo que no había secreto alguno era en contar todas sus desgracias. Aunque no revelaran detalles personales, eran extremadamente entretenidas y fáciles de seguir. En esos dos meses y medio en los cuales lo traté casi diariamente, y a pesar de todo el drama legal en el cual estaba involucrado, Rodion era inquebrantable. Su ánimo siempre estaba por los cielos y era bastante contagioso. Pese a estar detenido en uno de los centros para migrantes del servicio nacional de inmigración a la espera de la resolución de su estatus migratorio, no dejaba de sonreír y de tratar de convivir con los demás ocupantes de dicho centro. Incluso en conversaciones casuales intentaba hablar entre florituras y adornos como una muestra, quiero pensar yo, de lo a la ligera que se tomaba el asunto. Llegué a pensar en que no entendía bien que su problema no era una mera formalidad de la cual la embajada rusa podría cooperar en un instante; su situación, además de no estar siendo tratada con ningún tipo de nivel de “peligrosidad” (según el argot de los agentes de inmigración) por su supuesta procedencia (o por su color de piel, diría yo), era compleja por la falta de papeles, incongruencias sobre sus orígenes e intenciones, y una clara indiferencia por parte del mismo Rodion en encontrar una salida a su embrollo.

Al haber confirmado él que era ruso, fui llamado a examinar su caso, pues mi puesto cubría, en aquel momento, a todo país (políticamente) europeo fuera de la Unión Europea. Los temas migratorios con estos países se trataban bilateralmente, lo cual era bastante complejo por la gran variedad de normativas, leyes, convenciones y regulaciones con las cuales había que lidiar. Además, y como podrán imaginarse, el presupuesto de mi división era bastante reducido, así que mucho del trabajo de campo lo realizaba yo mismo. Mi ruso era lo suficientemente pasable, pero no manejaba ningún lenguaje balcánico ni caucásico; eso ralentizaba muchísimo la recopilación de información y la comunicación. Sin embargo, con Rodion fue distinto. Recolecté cierta cantidad de datos y solicité ayuda a la embajada rusa, con quienes compartía una buena relación profesional. Los oficiales rusos en el país tardaron unas seis semanas en darle seguimiento a mi solicitud; un retraso totalmente fuera de lo normal. En todo ese entretiempo, Rodion me habló de todas sus “hazañas” en tierras soviéticas, sus largas travesías en el transiberiano y una gran colección de fotografías mentales, las cuales podía transmitir tan lúcidamente que era imposible no transportarse al instante del que orgullosamente narrara.

En retrospectiva, uno de los relatos fue el que más retuve. Le di vueltas y vueltas en mi cabeza, especialmente cuando intentaba conciliar el sueño. Era como si ya lo hubiera vivido; como si los detalles de aquel joven ruso se me hubieran sido descubiertos años atrás. Dicho relato se trataba acerca de un buriato de quien Rodion era vecino en sus años en Ulán-Udé. Muchos detalles se me escapan; siempre he sido terrible para recordarlos, a pesar de ser trascendentales en mi profesión. Yuri, el buriato, no era una persona que transmitiera un aura de peligro, venganza, ni temor a los demás. Era una persona afable, hasta abrazable, y con una ligera sonrisa permanente en su semblante, lo cual contrastaba con su tono seco y frío; sumado a su falta de gesticulación al hablar y su reticencia a permitir contacto físico, Yuri era la definición andante de “enigmático”. Empero, él se permitía tomar tiempo para escuchar a los demás, como si buscara algo en cada uno con lo cual empatizar o como un servicio psicológico social de algún tipo. Rodion rememoraba sobre aquel vecino quien, cual asceta, apoyó sin inmutarse financieramente a un joven Rodion, a pesar de su insistente proclividad en gastar su subsidio estudiantil en espíritus.

Rodion estuvo cerca de vender sus libros de literatura soviética del siglo XIX a la usurera de al frente, la que vivía dos apartamentos a la derecha después de las escaleras del tercer piso. La puerta, tallada en madera de alerce siberiano, era la única en todo el edificio que no era genérica. Era una jugada estratégica, según él: los nuevos clientes podrían encontrarla fácilmente, no tendría que hacer ningún esfuerzo en publicitarse y nadie indebido debería sospechar algo más allá de una puerta distinta a las demás. Los relojes de cumpleaños pasados y varios crucifijos chapados en oro (uno de ellos bendecido por el mismísimo Jonás de Moscú, de acuerdo con lo que me confesó) eran ya parte de la colección de la usurera, y nuestro héroe, al verse despojado de los presentes más preciados de su familia, ya se imaginaba la excusa que debería dar a su profesor sobre la pérdida de uno de los pocos ejemplares de su libro de literatura, parte de un envío especial directamente desde San Petersburgo. Yuri, el buriato, en aquellas conversaciones que eran más monólogos de Rodion que otra cosa, se ofreció a cubrirle, de la nada, los gastos por lo que restaba del año (unos cuatro meses). A cambio, Rodion debía robarle a la anciana usurera todos los objetos que tenía en su haber gracias a su malvada ocupación. Sin sonrojar, él me dijo que accedió sin dudarlo, pues estaba desesperado: estaba a punto de ser desalojado en medio del invierno siberiano en una Rusia aún incrédula de ser exsoviética.

Para realizar el atraco, Rodion planeó hacerse amigo de la usurera, Ania, mejor conocida como Anoushka por su fragilísima figura, y así ganar confianza para encontrar el momento indicado para realizarlo. El apartamento no era nada especial, ni tampoco particularmente acogedor. Además de estar visiblemente deteriorado, era evidente que en algún momento hubo pinturas, retratos, lámparas de pared, papel tapiz probablemente verdusco, rodapiés de unas tres pulgadas de altura, y agradables olores ornamentales (al menos las candelas casi totalmente consumidas dejaban asumirlo contundentemente). Al fondo del pequeño salón principal, a espaldas de la pared que encierra la cocina, se encontraba una mecedora de roble, probablemente importada, aunque un poco carcomida por falta de cuido. Enfrente, una silla de comedor (aunque no había mesa de comedor), con el asiento y el respaldar cubiertos por un tejido color vino con un patrón imitando a una rosa dorada, y una hoja resaltando por ambos flancos. Estos asientos eran separados por un calentador tubular minúsculo, con el cual era posible sentir su trabajo únicamente en los tobillos.

El ruidoso piso de madera de aquel apartamento funcionaba de alarma a la anciana para saber sobre la llegada de un nuevo cliente. Aunque la familia de Anoushka no poseía una gran fortuna, ella tuvo la suerte de ser la única nieta de entre los cinco hijos de su abuela, y, a medida en la cual cada uno de sus abuelos, tíos y padres fallecían, ella fue heredando una pequeña fortuna en reliquias familiares, las cuales supo vender a buen precio, y así generó un pequeño, pero muy significativo, flujo de efectivo. Así, ella entendió que, para seguir viviendo de rentas, era posible poner ese dinero en circulación, y, por ende, a disposición de su empobrecida comunidad por medio de una casa de empeños y préstamos rápidos. Eso sí; todo fuera de los libros. Más allá de eso, Rodion desconocía otros hitos de vida de la infame Anoushka, excepto por el hecho de que tuvo un marido, fallecido en una de las tantas campañas alrededor del mundo en medio de la Guerra Fría. Enviudó sin hijos, y nunca volvió a ver hacia atrás ni a extrañar esa etapa de su vida con alguna nostalgia particular. La falta de cualquier recuerdo simbólico en su pequeño apartamento era fiel evidencia de ello.

Muchos habían sido víctimas de las artimañas que utilizaba la impopular Anoushka para lograr cobrar sus exorbitantes intereses. Sin embargo, su fuente más grande de ingresos era el revender aquellos bienes que terminaron siendo impagables. Al ser de las pocas personas que prestaban dinero en aquella comunidad en Ulán-Udé, su clientela la integraban alcohólicos, habitantes de la calle, personas terrible y sistemáticamente endeudadas hasta el cuello, campesinos buscando una mejor vida en la ciudad, y jóvenes sin ingresos. Rodion fue solo uno de los tantos que pasaron (más de una vez) la pena de entrar al lugar de habitación de Ania, lo cual significaba que tenía problemas de dinero y se deshará de un artículo de amplio valor sentimental a cambio de un precio ridículo, con la “promesa” de devolver casi tres veces ese dinero para que se le fuera regresado el objeto.

El móvil del atraco nunca fue claro. Rodion había escuchado hablar un poco sobre una hermana de Yuri que había fallecido de hipotermia al haber quedado desamparada en un otoño particularmente difícil, pero nunca se aventuró a preguntarle a Yuri, lo cual me sorprendió debido a su imparable verbo. En esta parte del relato, Rodion entró en un poco de inconsistencias, devolviéndose varias veces a corregirse sobre algunas cosas que había dicho con plena seguridad. No le puse mucha atención a esos detalles; es normal enredar y mezclar datos y hechos, especialmente si acaecieron hace tiempo. Al final de cuentas, lo que más retuve fue la narración tan colorida de la anécdota, aunque su final fue totalmente anticlimático.

No tenía ideado un plan para efectuar la encomienda, me dijo un poco esquivo y tratando de acelerar el relato; sin embargo, y tras uno de los inviernos más despiadados de la última década, Ania murió de una neumonía que se dejó sin tratar por semana y media. El miedo a abandonar todas sus pertenencias la convenció de intentar aguantar la enfermedad y superarla sin que mediare consulta médica. O al menos esa fue la versión oficial. El primero en darse cuenta no fue él, me aseguró Rodion. Al preguntarle el porqué de su afirmación, me dijo:

-Solo digamos que ya faltaban algunas cosas cuando entré a visitarla.

Algunas decenas de historias así de intrigantes me relató, y yo, en mi mente, más por fascinación que por razón, me dejé llevar a través de sus tan delicadas pinturas. Tan maravillado me sentía que la carta que llegó de la embajada rusa la sentí como una apuñalada en la espalda, la cual me traspasó por completo. Rodion no existía; era una fabricación completa, un personaje ficticio inventado por Nikita, un rusófono de Letonia que aún no había obtenido su ciudadanía letona. Estudiante frustrado de artes dramáticas, rotó por la zona Schengen interpretando en inglés y ruso por años, pero su ciega negativa a aprender el letón le imposibilitó conseguir la ciudadanía europea y, por lo tanto, becas y sesiones de estudio en las escuelas teatrales de Europa. Frustrado, decidió llegar a Estados Unidos, e inspirándose en su conocimiento literario, decidió abordar y trabajar por meses en un buque petrolero que salió de San Petersburgo. En aquellas pesadas semanas, ideó historias, personajes, parajes y escollos por resolver para interpretarlos luego. Al llegar al canal de Panamá, se escabulló para tomar rumbo al Norte; empresa la cual suspendió en su primera frontera al abandonar su pasaporte en aquel bote petrolífero.

Todos sus relatos fueron de ficción: desde cómo corrió la avenida Nevski en pleno invierno al querer esconderse en el Almirantazgo de San Petersburgo luego de insultar a un pope (por accidente) en la catedral de Nuestra Señora de Kazán, pasando por su impopular estadía como cantante improvisado frente al monumento a Pushkin y Goncharova en la vieja calle Arbat en la Moscú de principios de milenio, hasta cómo atravesó aquel país euroasiático para embarcarse desde Vladivostok hacia costas más cálidas, sus fallidos intentos en ser conductor de trolebús en Múrmansk, y sus inexplicablemente simpáticas anécdotas en las empobrecidas y olvidadas ciudades siberianas. Debí saberlo desde el primer minuto, pues la mayoría de los relatos eran inspirados (para evadir decir plagiados) en perdidas historias noticiosas comunicadas a través de antiguos periódicos soviéticos, y, sustancialmente, en obras de tan populares escritores como Dostoievski, Gogol, Bulgákov, e inclusive de otros que no escribieron en ruso, como George Sand. Rodion es Raskólnikov; es ridículo que no lo haya podido ver antes. Tan ridículo como Gorbachov comiendo Pizza Hut.

Tal vez lo que más me dolió fue el hecho de que el caso dejaría de estar en mis manos, pues, al ser elegible al famoso pasaporte azul letón que evita hacer caer a los rusófonos de Letonia en apatridia, el archivo pasaría al equipo encargado de personas procedentes de la Unión Europea. Nunca pensé en que si los relatos eran o no fantasiosos. Evidentemente lo eran; cuando recibí aquella comunicación, todo cayó en su lugar inmediatamente. Estaba inmerso en su ficción, aquella que me entretuvo por semanas y que nunca voy a olvidar. No me importó no comprender bien los motivos por los cuales me escondió toda esa información; tampoco me importó saber por qué me escogió para probar sus historias y personajes. Todo lo sentí tan real que decidí mantenerlo así. Tal vez “decidir” sea el verbo incorrecto, pues, a pesar de mis ligeras sospechas iniciales, es imposible para mí ahora poder entender aquellas historias como algo más que la pura y desbarnizada verdad. Al momento de recibir la noticia, salí de mi oficina corriendo, fui a buscarlo, lo llamé por su nombre, lo abracé y le dije: “спасибо, Родион”.